Conocé al jugador de fútbol que ahora es chofer de colectivos

Conocé al jugador de fútbol que ahora es chofer de colectivos

Cuando dejó el fútbol, nació el laburante. La paradoja del mejor pateador que erró un penal histórico en la final de 1998 contra Talleres por el ascenso. Hoy maneja un ómnibus de la Coniferal.

“Dale, subí”, dice Cristian Binetti, aquel aguerrido lateral surgido de la Liga Cordobesa, que una vez retirado recibe a Mundo D sentado frente al volante de uno de los ómnibus de la Coniferal que hace el recorrido de la línea 17. “Hace calor, pero la paso bien. No te creas que es fácil. Gracias por la visita. Es lo que hay”, dice “Peter”. A veces la vida se parece al fútbol. Para el profesional van por el mismo camino y cuando se cree que será por siempre, aparece una bifurcación. Se es grande para jugar, pero joven para la vida. Así de simple en algunos casos, igual de complejo para otros.

El fútbol ofreció distintas imágenes de Cristian Binetti. Desde el debut en Juniors hasta su paso por Belgrano, con aquel penal, Instituto y hasta su retiro. La mayoría de ellas, tuvieron publicidad. Después del fútbol, los interesados exclusivos fueron los suyos y los amigos. Ellos fueron la prensa de ese día a día. El que protagoniza a bordo de la línea 17, coche 171…

–¿Cómo es tu día a día?
–Es como siempre. Trato de cumplir como en todos mis trabajos. Estoy en la Coniferal, que es una gran empresa y me dio lugar. Acá también estamos rodeados de gente como cuando jugábamos. También hay adrenalina. Pero es de otro tipo. Hay que eludir los autos en la calle. Lo distinto es que acá no le pego a nadie. Es un trabajo, como cualquiera. Estoy bien. El fútbol te da muchas cosas y conocer, y te quita otras. El día que dije ‘basta, no juego más’ fue para siempre. No me arrepiento para nada. Tenía que lograr algo seguro para mantener a mi familia. El fútbol ya no era un lugar para hacer diferencia, y yo tenía cierta edad. Tomé el mejor camino y no estuve errado.

–Tu línea es la 17. ¿Ya le jugaste?
–Esta es la línea que manejo. El coche es el número 171. Lo arranco y lo corto. Es el servicio que hago diariamente. Lo tomo de la mejor manera, a pesar del malhumor de la gente. El tema económico influye a todo el mundo. Me incluyo, eh. Las cosas están más caras y tengo una gran familia que mantener. Trabajo y no quiero que les falte nada a mis hijos. El laburo es agotador y hay que descansar bien. Manejar uno de estos bichos no es tan fácil como me imaginaba. Hay que respetar horarios. Me gusta porque mi viejo fue chofer muchos años y ya de chiquito me subían a un colectivo. Pero nunca me imaginé que terminaría haciendo este oficio. Pero por el fútbol se dio la posibilidad de conseguir este trabajo y no lo dudé. Le agradezco a la gente que me abrió la puerta y me brindó su confianza.

Binetti pone primera y “el bicho”, como él lo define, arranca.

–¿Cómo te llegó este trabajo?
–Estaba jugando en un club llamado Los Viejos Amigos. Escuché que hablaban de la empresa Coniferal y a uno de ellos le pregunté cómo podía hacer para entrar a trabajar ahí. Resulta que era un accionista. Así que, en un momento de necesidad, me animé y le pedí trabajo. Soy tímido para pedir las cosas. Siempre me las gané haciendo de todo, no para pedir. Le pedí trabajo. Le dije que había sacado carné para todo. Para taxi, remis, camión. Un transporte así, jamás lo había manejado. Pero me animé. Porque necesitaba. Presenté todos los papeles y gracias a Edgar Bordi estoy acá. Entré con 35 años y no era fácil. Bordi me presentó al señor Escobar que es uno de los máximos directivos. Tuvimos una linda conversación mezclada con un poco de fútbol porque ellos son futboleros. Se los agradezco porque este laburo me permitió salir de muchas cosas. De deudas. Me pone mal. No me gusta deberle a nadie. Gracias a ellos pude acomodarme en el tema económico.

“Cuando ganás más, gastás más. Tuve que ganar menos, pero me regulo”.

–¿A qué edad dejaste?
–A los 31 años. Tuve muchos problemas familiares. Me dediqué a eso. Había pensado en parar medio año. Pero cuando uno deja por un tiempo, es difícil arrancar de nuevo. Volví a Racing. Tuvimos la mala suerte de perder tres finales y ya no era el mismo. Tampoco me favorecía porque jugábamos por nada. Sólo con el corazón. Agradezco y admiro a los chicos de ese equipo que dejaron todo. En Racing jugábamos por nada y logramos todo. Fuimos desde la Liga Cordobesa a la B Nacional. Pero lo poco que había ganado en Belgrano lo perdí ahí. Estaba la opción de jugar en el campo, pero iba a terminar con las rodillas rotas como muchos. Me fui. Sano.

–La gente te tira la bronca.
–En la cancha era igual. Algunos tienen que llegar a horario y pasan alguna parada. Yo paro y me ligo las puteadas. El recorrido es siempre el mismo.

–¿La seguridad?
–La empresa hace lo imposible para que trabajemos cómodos. Paradas inteligentes, GPS, los inspectores que vienen de buen humor. Los días de baile tenemos un adicional. Me pasó varias veces que en el colectivo se agarraron a las trompadas. Tuve suerte; otros compañeros, no.

El fútbol que te da y te quita

El ómnibus ya paró y la nota sigue en los asientos de los pasajeros. “Me siento raro, je. Acá vamos cuando se acerca a algún compañero que va o viene de un servicio”, dice.–¿Extrañás el fútbol?
–Sí. Muchas cosas. Salí de muy abajo y jugué en dos grandes como Instituto y Belgrano. Quedó en fotos. Tengo algunas y no era de hacer una carpetita. Tengo algunos cuadros del gordo Bellido. Tengo algunas camisetas. La mayoría las fui regalando para personas que la iban a cuidar mejor que yo. No pensé que me iba a retirar tan joven. Te da nostalgia. Quisiera volver el tiempo atrás. Para hacer lo que uno no hizo por zonzo. Llegué, pero no me mantuve. El fútbol es para guapos, para personas que son fuertes mentalmente. Hay que tener personalidad. Si llegás, es porque luchaste.

–¿Jugás?
–Sí. Pero de mitad de cancha hacia adelante. Atrás, no. Todavía no estoy tan viejo. Pero me muevo. Si engordás, llega un momento en que no entrás en el asiento. Juego los campeonatos de la UTA. Por ahí me encuentro con José Guerrero, Daniel Becerra (ex Instituto), Martín Leiva (Racing). Ellos son choferes. Acá en el colectivo, lo encontré a Víctor Heredia. Y cuando pasó por la terminal, también le grito, desde arriba, a Juan Ramos, que trabaja por la zona. Él y Trignani son como mis padres. Desde Juniors, donde arranqué viviendo bajo una tribuna. Era hasta bañero. Los hinchas me reconocen y me saludan. Los de Belgrano, Instituto, pero sobre todo los de Racing. Esa fue una época hermosa. Dormíamos en el maletero y lo cerraba. Una vez no me encontraban, hasta que abrieron y vieron que estaba dormido. Watson se avivó. “Está en el sarcófago”, advirtió, ja, ja.

–¿Qué fue Belgrano?
–Me dio todo. Un nombre. Pero en lo económico, le erré. No era una persona interesada en el dinero, ni nada de eso. Nada es nuestro. Cuando te vas a la tumba, no te llevás nada. Jugaba, entrenaba y desconocía a todo el mundo. Por más que fuera Maradona (Ver Un grande…). Así fue. Primero estaba mi club. No pensaba en que era un trabajo.

 

–Final de 1998, el tiro al travesaño, la conversión de Oste y el título para Talleres…
–Lo de ese día… No venía jugando en todo el año. Hacía un tiempo que jugaba por el 20 por ciento. No me imaginé que Rezza me iba a citar. Ya la primera final no la había jugado. Jugaba con zagueros de laterales. No era de su agrado, porque él tenía a sus jugadores. Sigue pasando. No se me respetó como jugador. Pero no me importaba. Yo jugaba por Belgrano. Los técnicos pasan y los jugadores, quedan. En ese partido podía pasar cualquier cosa. Ya se lo habíamos dado vuelta. Veníamos practicando penales todo el mes y yo nunca erraba. Me encantaba llegar a la definición. Pero me imaginaba ser de los primeros ejecutantes y no, el último. Cuando arman la lista y me ponen para el sexto penal, Luis Sosa se enojó con el ayudante de campo de Rezza. Había que poner a los más efectivos entre los primeros, para no quedarse afuera antes de tiempo.

“Desafortunadamente, llegué al último penal. Ya se habían errado dos, pero la gente se va a acordar del último penal. Y ese día, era muy especial para mí”.

–¿Por?
–Tenía que nacer mi hijo Ezequiel. La cirugía era por cesárea, quedó para el 5 de julio. Le dije al médico que fuéramos derecho. Total, yo no jugaba. Pero cuando dieron la lista de concentrados para la final que se jugaba ese día, tuve que llamar al médico… Y cómo es la boludez de uno. Yo quería jugar. La postergamos para el día siguiente, el 6. Y ese iba a ser mi último partido en Belgrano porque se me vencía el contrato. Y era el clásico con Talleres. Era todo. Para mí iba a ser una gran despedida.

–¿Te acordás que pensabas en la caminata rumbo al punto del penal?
–Iba pensando en dedicarle el gol a mi hijo que iba a nacer porque ya sabía que iba a ser varón. Pero como no sabía dónde iba a jugar, después o si seguía jugando, quería que le quedara un gran recuerdo de su padre. Pensaba en eso. Mario Cuenca se tiraba mucho al sector donde iba a patear. Decidí darle con alma y vida. No sé donde cayó después de darle al travesaño. Se me vino el mundo abajo. Iba a ser una locura. Haber dado vuelta una final, quedar en la historia por la forma. Había gente que se iba. Había gente que había ido armada a la cancha porque me dijo mi hermano. En los clásicos siempre pasó eso. El que te diga que no, miente. En mi barrio, la gente es mayoría de Talleres. A la ida, cuando se iban en colectivo iban gritando “Dale la ‘T’”; cuando volvieron cantaban: “Binetti corazón, ohhh”. Todo raro.

–Te cruzaste con Roberto Oste, cuando iba a patear…
–Sí y me dijo: “Menos mal que lo erraste porque tengo un cagazo bárbaro”. Qué se yo. Si tenía el foso al lado, me hubiera tirado. Se me vino el mundo abajo porque yo sabía que no lo iba a errar. Pero hubo una justicia divina. A los 15 días, también logramos el ascenso. Estábamos obligados. Ascendimos los dos, pero quedó el sabor amargo. Pero cuando llega el día 5, Talleres festeja ese clásico.

Mi hijo siempre se acuerda. Ezequiel es de Belgrano. No lo llevé para el fútbol, quiero que estudie. A mí me gustaba la electrónica y me encantaba. Hasta que un DT me dijo: “O jugás o estudiás”. Tuve lesiones severas como la pubalgia y una de tobillo. De ahí en más, ya no fui el mismo. Después vinieron una serie de problemas personales.

 

Fuente:

Mundo D

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