Mujeres colectiveras: “mis compañeros se dieron cuenta de que soy mejor manejando”

Mujeres colectiveras: “mis compañeros se dieron cuenta de que soy mejor manejando”

Natalia tiene 37 años y trabaja en la Línea 19. Paola tiene 39 y maneja en la 123, que une Lastenia con la capital.

Mientras una lleva años arriba del colectivo, la otra se abre camino en un terreno dominado por hombres. Las dos reconocen lo difícil que fue insertarse y lograr que las respeten. Las miradas de los compañeros y los pasajeros las hicieron dudar, pero además las fortalecieron para ganarse un lugar en el transporte público de la capital tucumana. Paola Masmud une desde hace seis años San Miguel con Lastenia, mientras que Natalia Logüidice recorre las avenidas que le dan vueltas a la ciudad.

Paola reconoce que siempre le gustaron los trabajos pesados y difíciles. Después de pasar por una panadería, en una citrícola le agarró el gustito a los camiones y tractores. “Estuve un mes buscando a los dueños de la Línea 123 hasta que me dieron una prueba. Duró un mes, pero a las dos semanas ya me sentía preparada. Hay compañeros que no me aceptaban, no me querían y me criticaban. Ahora se dieron cuenta de que soy mejor manejando”, cuenta la “Turca”, que tiene 39 años y que es mamá de una adolescente.

Para Natalia tampoco fue sencillo. Es la tercera chofer que se suma a la Línea 19 en casi una década –las pioneras fueron Susana Rodríguez y Paula Martínez, ya alejadas de la empresa-. Aunque en los primeros dos meses que lleva trabajando todo fue aprendizaje, haberse entrometido en un oficio culturalmente reservado para hombres la hizo atravesar por todo tipo de bromas machistas. “Siempre me gustó manejar. Mi papá me enseñó a los 13 años y, aunque hice otras cosas, siempre tuve la vista fija en lo que yo quería”, le comentó Logüidice.

Hija de un taxista y hermana de un colectivero, Natalia supo desde muy pequeña que quería manejar un colectivo. “Recuerdo que cuando subía al colectivo que manejaba mi papá, me sentaba en el primer asiento para poder mirar todo”, confiesa la mamá de tres adolescentes que se sienten orgullosas por su nuevo trabajo.

En la calle, siempre busca ser cuidadosa, pero las comparte con miles de conductores que, a veces, se alienan al volante. “Siempre que dejo la parada pongo el guiño de la izquierda, en señal de que voy a retomar el recorrido. Una vez un taxista creyó que le cedía el paso. Cuando me pasó, me cruzó el auto y no me dejó pasar”, relata mientras descree que la reacción se debió a que ella era mujer.

En Tucumán, son apenas dos las mujeres que conducen colectivos urbanos e interurbanos entre cientos de hombres, que dominan hace décadas la actividad y, poco a poco, comienzan a aprender a convivir y a dejarlas de ver como una amenaza o una competencia.

Sin quejas de los pasajeros

Todavía sorprendida por la “novedad”, otra de las pasajeras también le dio pulgares arriba a Natalia. “Me pareció lindo, porque no es común ver una mujer conduciendo un colectivo. Espero que tenga éxitos y que todo le salga bien”, deseó Camila Menéndez, estudiante y pasajera frecuente de la Línea 19.

“Es la primera vez que la veo (a Natalia). No veo que tenga ningún problema para desempeñarse. En otros ámbitos debería replicarse”, confesó Gustavo Colombo, antes de bajarse en avenida Independencia.

Más que una cuestión cultural

Durante generaciones, los tucumanos crecieron escuchando que “las mujeres al volante son un peligro”, entre muchos otros supuestos machistas, que contribuyeron a sostener un sistema con marcadas desigualdades. “Hay una cuestion que influye mucho, que son nuestras sociedades. Lo digo por una mujer al frente del colectivo o con funciones que aquí, en el norte, no se da mucho. Hay un avance dentro del reconocimiento de los derechos de las mujeres, pero no los estamos poniendo mucho en práctica. Todo esto tiene un vínculo con el dominio del mundo laboral por parte del hombre. Las mujeres salimos de nuestras casas, nos incorporamos al mundo laboral, pero el estado no colabora demasiado con políticas públicas. Estamos marcadas por esterotipos que no están basados en una relación práctica”, reflexionó Marieta Urueña Russo, integrante del Sindicato de Trabajadores Judiciales de Tucumán.

Para Marieta, la discusión tiene que ser más amplia y debe transcurrir por las escuelas e instalarse en los diferentes ámbitos sociales. “Cuando las mujeres llegamos a un cargo político… ¿En dónde están? No están en una comisión de Presupuesto. Están en Familia, en Salud, en cuestiones que se ‘presupone’ que las van a hacer mejor porque se ‘presupone’ que tienen incorporado el deber del cuidado. Es un rol que nosotras estamos mandadas a cumplir. En el ámbito empresarial las mujeres están vistas como una trabajadora cara. Porque se embaraza, tiene hijos; porque va a sacar licencias cuando los hijos se enfermen. El mercado laboral debería adecuarse”, explicó Urueña Russo, que además de ser madre es abogada y trabaja en la difusión de los derechos de las mujeres.

Consciente de que las mujeres son transmisoras de cultura, Urueña Russo cree que los cambios deben proponerse desde el Estado y canalizarse dentro del ámbito familiar.

Derrumbar los esterotipos

“Son muchos los esterotipos de género sobre los que debe sobreponerse una mujer. Es muy clásico el chiste de que las mujeres manejan mal. Pero es sólo un prejuicio. Por ejemplo, en Reino Unido, las mujeres pagan menos el seguro de sus autos, porque las estadísticas confirmaron que protagonizan menos accidentes. Hay lugares que los hombres se preservaron para ellos y se establecieron relaciones de poder”, sostiene Fernanda Doz Costa, investigadora en Derechos Economicos y Sociales de America en Amnistia Internacional.

“La docencia y la enfermería son atributos que nos dieron a las mujeres y el imaginario cree que estamos capacitadas para cuidar a todo el mundo. Se piensa que son tareas reservadas para las mujeres y no es más que una construcción cultural. ¿Porque si amanece un hijo enfermo quién no va a trabajar? Se espera que sea la madre la que falte. Esto te pone en un lugar del que es difícil salir y así se construye la sociedad machista, que en muchos casos perjudica a los hombres porque les impide manifestar sus emociones”, analiza Doz Costa, que es madre de dos niños y docente universitaria.

Tanto Natalia como Paola se hacen fuertes delante de las críticas y las miradas llenas de sospechas. Tal vez sin ser conscientes caminan por un terreno repleto de barreras, pero que persigue la consolidación de los derechos de las mujeres. Y ellas no están dispuestas a bajarse en la siguiente parada.

 

Fuente:

La Gaceta

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