La misión imposible de viajar en transporte público en silla de ruedas por la Ciudad

La misión imposible de viajar en transporte público en silla de ruedas por la Ciudad

Analía Barone cuenta que pierde dos horas y media por día por los problemas para trasladarse.

En una ciudad donde las horas no alcanzan, el tiempo es un bien que cotiza. Pero las personas con movilidad reducida no sólo no pueden moverse libremente: tampoco pueden usar su tiempo con libertad. Es el caso de Analía Barone (33), que como tantos otros porteños en silla de ruedas, pierde horas innecesariamente por los problemas que se enfrenta a la hora de viajar en el transporte público: dos y media por día, 12 a la semana, 50 al mes.

La odisea de subir a un colectivo en Buenos Aires

“Salgo todos los días a las 7.30 desde mi casa en Palermo para llegar a mi trabajo en Puerto Madero casi una hora y media después. En subte estaría en media hora, pero no puedo bajar a la línea D porque no hay ascensores”, cuenta. La alternativa es el colectivo, que tarda el doble, si es que para: “Muchos choferes no pueden acercarse hasta el cordón de la vereda porque hay obstáculos, como contenedores de basura, o directamente no quieren parar. Se detiene uno de cada cinco”.

Con parálisis cerebral por complicaciones en el parto, Analía debe hacerse estudios y someterse a tratamientos de rehabilitación «que no pueden esperar. Para ellos también tengo que invertir el doble de tiempo en llegar».

Aunque las escaleras mecánicas son una alternativa para una parte de las personas con movilidad reducida, no lo son para todas. En los casos en que se usan sillas de ruedas, este medio no cumple con tres condiciones claves de accesibilidad: seguridad, autonomía y comodidad. “Puedo caerme y hacer caer a quien me ayuda. Además, siempre dependo de otra persona”, lamenta. Lo mejor entonces serían los ascensores -que faltan-, o bien rampas o plataformas elevadoras, que no hay.

La accesibilidad no se limita a los medios de ingreso a las estaciones: también implica la correcta señalización y la construcción de baños adaptados. “Falta mucho por hacer también en esos puntos, que son importantes. Si no podés acceder, no podés hacer nada, ni siquiera tener esparcimiento”, sostiene Barone, que es comunicadora y trabaja en una importante empresa nacional y en la ONG Acceso Ya.

En noviembre de 2014, esa organización envió a Sbase un informe detallado sobre las barreras arquitectónicas en las estaciones. También le exigió que se garantice el buen funcionamiento de los ascensores.

«Un mes después Sbase nos mandó el cronograma de las obras y vimos que finalizaban recién en 2021 -precisa Analía-. ¡Eran seis años! Mucho tiempo en la vida de una persona. En ese lapso podés hacer una carrera universitaria completa».

La conciencia ciudadana -o la falta de ella- también influye en cuán accesible es la Ciudad. Barone la mide en la impaciencia de algunos choferes de colectivos o en la forma en que los pasajeros se paran en espacios reservados para los que tienen movilidad reducida.

A eso habría que sumarles los automovilistas que bloquean las rampas para discapacitados, una de las infracciones más denunciadas a través de las fotomultas vecinales. En promedio se labran unas 3.800 actas mensuales por esa falta.

Esa conducta está tan extendida que las multas por bloquear esas rampas son cada vez más caras: en noviembre del año pasado la Legislatura aprobó una ley para aumentarlas un 50%. Así, la sanción pasó de 200 a 300 Unidades Fijas, que hoy equivalen a $ 5.355.

 

Fuente:

Clarín

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